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La Salud en Chiapas por Juan Castro Soto"Aquí sólo conocemos tres: la enfermedad del cuerpo, la enfermedad de la cabeza, y la enfermedad del corazón; pero la mayor de las tres es la del corazón." -nos explicaba un campesino indígena. "Las enfermedades del cuerpo, son las que cura la cabeza; las enfermedades de la cabeza, son las que cura el corazón; y las enfermedades del corazón, son las que no podemos curar" -comprendimos entonces que no entendíamos bien. "Mira, las enfermedades del cuerpo, son las del animal; las de la cabeza son las del hombre; y las del corazón, son las enfermedades de Dios. Aquí todos tenemos de las tres" -hasta después de una larga explicación, entendimos.
En esta entidad, la desnutrición se aloja en el 66.74 % de los pobladores, según el documento Chiapas en Cifras. Esto quiere decir que en una mesa de tres, dos no comen bien. Por otra parte, nos informan que la amibiasis y la multiparasitosis son las enfermedades más comunes en las zonas de La Garrucha y la Selva Lacandona, principalmente entre los niños y las mujeres. Nos dicen que ellas son afectadas al triple que los varones por todos los padecimientos. Esto es, de cada cuatro enfermedades, las mujeres padecen tres. Sin embargo, en estas zonas de Chiapas, más bajas y calurosas, parece que al gobierno sólo le ha interesado lo que llaman Enfermedad del Guerrillero, cuyo nombre internacional es Leishmaniasis -de origen africano-. Mas no ha sido su interés atender este padecimiento, sino identificar a los zapatistas. Esta enfermedad aparece en la piel, provocada por el piquete de un mosquito. Es una úlcera que no duele, pero desprende la piel como una lepra, dejando el músculo a la vista; y de igual modo puede desprender la naríz o la oreja, pues también ataca el cartílago. Así, los síntomas les son fácil de reconocer -explicaron los médicos Abraham Castañeda y Claudia Peniche. Pero esto -aseguran- no es lo más preocupante; ni el raquitismo que provoca la desnutrición. Lo serio es el raquitismo de la atención gubernamental con su Programa Nacional de Salud, pues en Chiapas deberían existir 15 programas básicos que sólo son 2: la vacunación universal para menores de 5 años; y el control del paludismo. Otro ejemplo en el citado documento, es la existencia de un médico por cada 7,000 habitantes en algunas regiones. O el promedio de una cama para 1,400 habitantes en las unidades médicas, las cuales apenas tienen demanda -mientras que otras están siempre sobresaturadas, como es el caso del Hospital San Carlos en el municipio de Altamirano, atendido por un grupo de religiosas. Ahora bien, los indígenas y campesinos de la zona enfatizan que la causa principal de la desnutrición y sus enfermedades, está en las condiciones de vida tan pobres, ocasionadas por un gobierno que no gobierna ni deja gobernar, raquítico en todos sus demás sectores sociales: servicios públicos, educación, vivienda, alimentación, trabajo, transporte, comunicaciones, seguridad... y sobretodo, democracia, autonomía comunitaria, y soberanía nacional. Así lo manifestaron en febrero, en medio del lodo y el frío, más de 100 representantes de organizaciones sociales, en el Primer Foro Regional de Salud, organizado para pensar cómo poner la salud en manos del pueblo, allá, en la Región Autónoma de Moisés Gandhi -hoy Municipio Rebelde Ernesto Che Guevara.
En aquel foro, aquellos promotores analizaron también la salud mental de sus comunidades. Encontraron que el estudio de la salud va más allá del cuerpo, que su pensamiento también se encuentra enfermo: infectado de ideas ajenas, alimentado con desinformación, e invadido por el miedo. El miedo provocado por la presencia de los azules; de los verdes; de las guardias blancas que defienden los intereses de los caciques; y de los grupos paramilitares, apoyados por el gobierno para mantener el poder político. El miedo al allanamiento de morada, al desalojo, al robo; a la aprehensión, la violación, la tortura, la cárcel; y más que nada, a la muerte. Miedo a transitar por los caminos, hacia la escuela, a la milpa, al mercado, hacia la clínica; y luego, hacia la casilla electoral. Miedo a organizarse, a protestar, a exigir derechos... una estrategia de neurosis que acalambra el pensamiento, conocida como Guerra de Baja Intensidad. Asimismo, se explicó que el engaño y la desinformación de lo que está pasando alrededor, también son enfermedades de la mente, pues obligan a pensar ideas falsas o cosas que no existen; y así el pensamiento no sirve, funciona mal, está enfermo. Entonces la organización popular se confunde y debilita: apunta para la izquierda, tira para la derecha, decepciona, se desorganiza y así, la autonomía no se puede construir. Además, los promotores de salud analizaron cómo sus ideas y su conducta se convirtieron en el individualismo y la competencia que organizan nuestra sociedad neoliberal, frenando toda actitud comunitaria o cualquier intento de cooperación. A estos dos organizadores, también los consideraron dos enfermedades para la cabeza, pues inundan todo el ambiente y no dejan ver otra cosa ni pensar de otra manera; ni dejan organizarse de un modo más humano. Al contrario, este orden social de mercado, enferma y empobrece nuestra cultura, porque es ajeno a nuestras costumbres y es muy injusto para repartir el pan, decían. De esta forma, después de tres días en estudio detenido, entendimos que una enfermedad en la cabeza es todo aquello que no nos deja pensar con claridad, tranquilidad y libertad, sino que al revés, nos confunde, inquieta y obliga. Entendimos que una cabeza enajenada con otra cultura, mal informada, y además engarrotada por el miedo, no puede organizar correctamente la salud ni nada. Está enferma. Por eso, los campesinos declararon en aquel pueblo que el estudio de la salud no sólo es un problema socioeconómico que afecta nuestro cuerpo, sino también ideológico, cuya peor consecuencia es, sin duda, la desorganización.
En San Pedro Nixtalucum se enfrentaron dos comunidades el 14 de marzo. Intervino la policía y mató a 4 personas. Encarcelaron a 25; les torturaron. Quedaron 3 viudas; los hijos. Más de 300 desplazados abandonaron 70 casas en estado de sitio: el Partido de la Revolución Democrática, huyó. Toda una comunidad exiliada -informó el Centro de Derechos Humanos "Fray Bartolomé de las casas", A.C. De inmediato, diversos sectores de la sociedad visitamos el escenario e hicimos un llamado a la reconciliación entre las partes, como hacemos en otros lados donde la pobreza y el poder federal han provocado la violencia. ¿Ingenuamente? Quizá, pero con esperanza, pues creemos que la reconciliación resuelve mejor. Aunque ni siquiera dos amistades se reconcilian a veces. En una de estas familias, por ejemplo, marido y mujer se encuentran separados por una nimia sospecha; y dos hermanos están ofendidos entre sí. Afuera, entre dos amigos hay una traición; y dos socios permanecen disociados por una pequeña deuda. Tampoco dos novios logran reconciliarse; y dos compadres no se hablan, ya ni se acuerdan por qué. Y así, todas estas cosas suceden entre los que, asegún, se quieren. Luego, si dos amigos no se pueden reconciliar, menos dos enemigos. Y si la enemistad, sin más, se añeja sola a través de las generaciones, o se fermenta con el simple pasar de los días, qué decir con el vaivén de la venganza o con el refuerzo de otros rencores. Pronto, sin pensar, se forman dos bloques contrarios que van sumando sus resentimientos: primero dos parejas, luego dos familias, después dos comunidades, dos iglesias, dos partidos, dos ejércitos... de tal modo que ya no se puede dejar uno sin pasar al otro. Así han quedado atrapados en el conflicto muchos indígenas y campesinos. Sus rivalidades, muy diversas, se fueron acumulando hasta transformarse en un problema político cuyos enfrentamientos tienen efectos de igual tamaño. Tal es el caso en la zona norte de Chiapas. Ahora el conflicto es una guerra, donde la reconciliación es posible para quien ve desde fuera; pero para los hombres que mueren dentro, sigue habiendo un paso del odio al amor. Y de la guerra a la reconciliación, un abismo.
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