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Pedro Casaldáliga http://www.servicioskoinonia.org/pedro/
Cito las tres instancias -Chiapas, el Movimiento Zapatista, la diócesis de San Cristóbal de Las Casas- porque las tres, aun siendo dimensiones diferentes, se implican mutuamente. Ninguna de las tres se entendería hoy sin una referencia a las otras dos. Lo cual, ciertamente supone análisis, voluntad sincera de leer la historia y capacidad honesta de asumir las consecuencias. En los boletines de "Chiapas al día" esas tres instancias aparecen lógicamente relacionadas. Chiapas es, sobre todo, un mundo indígena y pobre, empobrecido, mejor; marginado secularmente por la política oficial de México, que en este último siglo ha sido fundamentalmente del eterno PRI. El Movimiento Zapatista es, ante todo y sobre todo, un movimiento de reivindicación indígena, no sólo de los pueblos mayas de la Mesoamérica, sino de todos los pueblos indígenas de Amerindia y del Mundo. Y la Iglesia de San Cristóbal de Las Casas -la Iglesia del patriarca Bartolomé, profeta de la Causa indígena en primera hora; la Iglesia del Tatic Samuel Ruiz, en estas últimas décadas- es una Iglesia que pionera y radicalmente ha sabido optar por la causa indígena, haciendo de la verdadera inculturación su prioridad pastoral. Simultáneamente -ya dije- se trata de la Causa indígena y de la Causa de los pobres, que, en Chiapas y en tantos otros lugares de nuestra Amerindia, coinciden. La ideología fundamental y las propuestas concretas del Movimiento Zapatista, por su parte, explicitan la utopía, los derechos, los pasos de esos dos colectivos, tan mayoritarios entre nosotros. Lo que el Zapatismo quiere para los pueblos mayas de Chiapas, lo quiere para todo México, para toda Nuestra América, para toda la familia humana. La humanísima y tan evangélica consigna de "un mundo donde quepan todos". La Iglesia de San Cristóbal de Las Casas, en la más pura evangelización de la buena noticia a los pobres y en la mejor tradición de la Iglesia latinoamericana, sobre todo a partir de Medellín, no ha hecho más que lo que debía hacer: optar por los indígenas pobres, hacerse puente de su silencio, de sus gritos y de su diálogo. Escandalizando, lógicamente, a los diferentes "coletos" de este mundo, y suscitando también la inevitable incomprensión en sectores de la Iglesia, más distante o menos coherente. Onécimo Hidalgo y Gustavo Castro han venido recogiendo a lo largo de los dolorosos días de Chiapas las mil incidencias del diálogo -normalmente hipócrita del lado oficial-, de la militarización, de las violaciones de los derechos humanos, de las acciones paramilitares, de las incidencias que el conflicto trae sobre la educación, la salud, las familias, la convivencia vecinal, y siempre de la inclaudicable dignidad indígena, en esa región que es una verdadera área geopolítica de Dios y del Mal. "Chiapas al día" recoge en sus boletines de análisis una historia que ha de incorporarse -paradigmática- a la más significativa historia de las luchas populares de nuestra América. Onécimo y Gustavo tienen categoría para editar lo que escriben, porque sus análisis están siempre rigurosamente fundados en las fuentes más fidedignas. Ya han editado dos libros importantes sobre la región. Uno de ellos, dedicado a "Población Desplazada en Chiapas", y el otro dedicado a "La estrategia de la guerra en Chiapas". El CIEPAC, Centro de Investigaciones Económicas y Políticas de Acción Comunitaria, que edita estas publicaciones, las respalda con una seria garantía científica y humanista. Hacer memoria, realizar actualizadamente la memoria, vivir hoy de un pasado militante que nos lanza a un futuro nuevo, es una actitud fundamental de la Nueva América que ya soñaron nuestros libertadores, que han venido cantando nuestros poetas, que están construyendo diariamente nuestros pueblos y que tantos hermanos y hermanas han sellado con su sangre. Estas crónicas vivas, y hasta sangrantes, de Chiapas han de hacernos vivir, traduciendo en praxis, la "memoria subversiva" de esos hermanos y hermanas indígenas mayas y de toda la Amerindia en levante. A pesar de todos los pesares neoliberales -y de los pesares eclesiásticos, a veces también- la utopía de la Justicia, de la Liberación y de la Paz tiene la última palabra. Una utopía que, en cristiano, confluye en la gran utopía definitiva del Reino y que tiene la primera y la última palabra del Dios de la Vida. Pedro Casaldáliga
Obispo de São Félix
do Araguaia, MT, Brasil
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