La llamada globalización es en realidad el marco en el que se desarrolla una competencia exacerbada entre potencias económicas y bloques comerciales. La llamada trasnacionalización de la economía, el debilitamiento del papel de los estados y las fronteras nacionales (lo que es verdad para los países del llamado Tercer Mundo, pero no así para las potencias del G-7), la conducción por parte de las trasnacionales del proceso de globalización, la asociación creciente entre muchas de ellas y su cada vez mayor libertad de movimiento, no deben ocultar el hecho de que la guerra comercial se da a partir de los estados nacionales y/o de su asociación en bloques y de que, en última instancia, las propias trasnacionales actúan a partir de los intereses de sus propios estados y éstos de los de sus corporaciones. Por eso también es que la globalización, la integración económica o el “líbre comercio” van avanzando sobre la base de acuerdos regionales, en los que se expresan tanto las dinámicas generales de la globalización como la competencia entre bloques. Al parecer, en los escenarios globales, en la competencia dentro de la liberalización comercial y de inversiones, es el estado norteamericano quien va sacando las mayores ventajas.
Sin embargo, las trasnacionales y el estado norteamericanos dan alta prioridad a consolidar la que consideran su area inmediata de influencia, su bloque inmediato. Bajo esa lógica, durante el gobierno de George Bush, padre, Washington lanzó la llamada Iniciativa de las Américas. El objetivo, más que evidente: en el marco de la agudización de la competencia con las potencias europeas y asiáticas por la hegemonia global, consolidar la hegemonia económica y política estadunidense en el continente americano, asegurarse para sí el control y el acceso privilegiado a ese pobre pero extenso mercado y a sus recursos naturales, usarlo como plataforma de mano de obra barata en la competencia mundial e, incluso en primer lugar, en la competencia por el propio mercado norteamericano y, desde luego, garantizar la seguridad política y militar en lo que considera su traspatio.
El primer gran paso para concretar la Iniciativa de las Américas fue la firma del Tratado de Líbre Comercio de América del Norte (TLCAN), un tratado modelo de la globalización neoliberal en muchos sentidos. Un tratado que es un monumento a la desigualdad, signado con reglas “iguales” para países con tan desigual grado de desarrollo como México y Estados Unidos. Un tratado que no es sólo de comercio, pues destacadamente norma la apertura de inversiones y servicios. Un tratado cuyo capítulo once, de hecho, fue el modelo para el Acuerdo Multilateral de Inversiones, rechazado por la comunidad internacional.
El TLCAN, casi sobra decirlo, ha tenido sus peores efectos en México, en donde ha sido determinante para el gran desastre social que lo atraviesa, especialmente en el campo, pero también en el ámbito laboral, donde las promesas de más y mejores empleos se han trocado en menos y peores empleos, y la prometida elevación del nivel de vida en una incontenible caída salarial.
Pero el TLCAN ha representado también una presión hacia la baja para los trabajadores de Estados Unidos y Canadá. De hecho, la pregunta que se hacía al inicio de las negociaciones sobre qué país ganaría y cuál perdería se ve ahora claramente equivocada. La pregunta correcta era: quién dentro de cada país ganaría y quién perdería. La respuesta hoy es evidente: han ganado las trasnacionales y unas cuantas familias ricas locales, y han perdido los pueblos trabajadores de los tres países. La polarización social que acompaña a la integración regional es creciente y evidente.
En un plano más amplio, la historia de las calamidades ligadas a este modelo de globalización la conocemos bien: en todas partes hemos visto privatizaciones indiscriminadas, con su secuela de despidos y rebajamiento de condiciones laborales, privatizaciones que ahora se dirigen a nichos altamente rentables como los de la salud y la educación, que van pasando de ser derechos sociales a jugosos negocios. En todas partes, se viene padeciendo una pérdida de conquistas y derechos laborales, y un creciente desempleo. Se avanza en la homologación a nivel mundial de modelos productivos y normas laborales bajo la divisa de la flexibilización y la competencia productiva.
En general, presenciamos lo que podríamos llamar un proceso de estandarización hacia abajo --literalmente de Norte a Sur-- de las condiciones laborales. Las naciones y los trabajadores se han convertido en rehenes a merced de la líbre movilidad de capital, inversiones, mercancias y servicios. Para los trabajadores y sus organizaciones sindicales, la globalización neoliberal viene significando un verdadero chantaje trasnacional: se chantajea a los trabajadores del Primer Mundo con que si no aceptan rebajar sus condiciones laborales sus empleos se pueden ir a algún país del tercer mundo; se chantajea a los trabajadores del Tercer Mundo con que si no aceptan mantener o incluso rebajar sus de por sí miserables condiciones de existencia los empleos no llegarán. Y aun se chantajea a los trabajadores de distintas regiones del Tercer Mundo introduciendo una competencia sur-sur para ver quien gana con peores condiciones de trabajo los mercados del norte.
¿Cuáles han sido en este contexto la experiencia y el proceso de respuesta social y sindical en la región norteamericana? Desde el inicio mismo de las negociaciones, en contrapartida, se desató un intenso e inédito proceso de acercamiento y respuesta social trinacional. En los tres países se crearon redes multisectoriales que dieron paso a un verdadero descubrimiento mutuo, pues a pesar de la cercanía geográfica y de que evidentemente existían relaciones, éstas nunca habían llegado a este nivel y mucho menos a sentar las bases de coincidencias de intereses entre países tan desiguales. La acción de estas redes comenzó entonces a darse en una dimensión trinacional, actuando de manera simultanea en las tres direcciones relacionadas con los tres niveles “perversos” del modelo señaladas más arriba: intentando revertir el carácter antidemocrático del proceso, intentando poner sobre la mesa la Agenda Social, y cuestionando de fondo el contenido del tratado y generando un modelo alternativo de desarrollo.
El proyecto ALCA y la Alianza Social Continental
Toda esta problemática se ve ahora ampliada y multiplicada en la medida en que se ha inscrito en un nivel hemisférico. En efecto, no bien había entrado en vigor el TLCAN en 1994, cuando Estados Unidos siguió adelante con su estrategia y convocó en Miami a la primera Cumbre de las Américas para formalizar la búsqueda de un Acuerdo de Líbre Comercio de las Américas (ALCA), que no haría sino extender el desastroso modelo del TLCAN a todo el hemisferio. En mayo del ‘97, con motivo de la Cumbre de Ministros de Comercio celebrada en Belo Horizonte, Brasil, serían claras también sus complicaciones, sobre todo por la resistencia del bloque subregional del Mercosur. No obstante, ahí se acordaría realizar la Segunda Cumbre de las Américas el año entrante en Santiago de Chile para dar el banderazo formal de salida a las negociaciones del ALCA.
Sin embargo, ahí también en Belo Horizonte arrancaría un proceso social que puede potencialmente entrañar otra dificultad para los planes norteamericanos. De manera inédita, se darían cita ahí algunos de los movimientos y organizaciones sociales más importantes del continente, y se plantearían convergencias impensables hasta hace poco tiempo, en el marco del Foro Nuestra América, organizado por la CUT, el Movimiento de los Sin Tierra y las ong’s brasileñas, y de una reunión paralela de la Organización Regional Interamericana del Trabajo (ORIT), filial de la CIOSL, por primera vez abierta a organizaciones sindicales y sociales no miembros de esa organización.
Tal cosa era posible de entrada precisamente por el proceso de recomposición sindical que está ocurriendo a escalas nacionales e internacionales. Para empezar, la Confederación de Trabajadores de México, quien había detentado por décadas la presidencia de la ORIT imprimiéndole su sello corporativo y reaccionario, había sido desplazada --como lo está siendo también en el movimiento obrero mexicano-- previamente por el Congreso del Trabajo de Canadá. Detrás de ello se encontraba la influencia positiva de organizaciones como el propio CLC y la CUT-Brasil, pero también los cambios que vienen ocurriendo dentro de la AFL-CIO. La experiencia hecha bajo el TLCAN ha terminado influyendo sin duda. Por otra parte, la propia ORIT había venido elaborando un nuevo enfoque de abrirse a los movimientos sociales no sindicales.
Mientras que el planteamiento de más alcance de la ORIT frente al ALCA había sido la exigencia de la inclusión de un Foro Laboral en las negociaciones, las discusiones en Belo Horizonte llevaron a establecer objetivos no sólo de mayor profundidad democrática y de mayor dimensón social, sino al planteamiento de un modelo de desarrollo alternativo. La coincidencia más relevante, sin embargo, fue el llegar a la conclusión común de que la base de cualquier estrategia se encontraba en dar pasos concretos para cambiar la correlación de fuerzas y que esto sólo sería posible si se conseguía conjuntar al más amplio y representativo conjunto de fuerzas sociales del continente bajo una agenda y un compromiso comunes de objetivos y acciones. De esta manera, se acordó avanzar en la construcción de una gran Alianza Social Continental como la única forma de levantar un contrapeso social efectivo al avance del “líbre comercio” y la integración económica neoliberal. Para avanzar en términos prácticos en un propósito tan ambicioso, se convocó ahí mismo a la celebración de la Cumbre de los Pueblos de América en abril del ‘98 en Santiago de Chile, de manera simultánea a la cumbre de los presidentes.
La Cumbre de los Pueblos de América se llevó finalmente a cabo de manera exitosa, con más de mil participantes de casi todos los países del continente y de los más diversos sectores sociales divididos en diez foros sectoriales y temáticos, buscando sin embargo la intersectorialidad. La Cumbre colocó, entonces, la construcción de la Alianza Social Continental en una perspectiva viable, no exenta sin embargo de grandes complicaciones dada la enorme diversidad de orígenes sociales, culturales, políticos e ideológicos.
El proceso de negociaciones del ALCA, sin embargo, ha continuado e incluso existe una presión para adelantar su entrada en vigor. Al mismo tiempo, este proceso de “integración” regional bajo la hegemonía norteamericana no está esperando a que se consume el ALCA; avanza de muchas maneras: con el Plan Colombia, con los tratados de líbre comercio bilaterales o subregionales como los firmados por México con Chile y el Triángulo del Norte de Centroamérica, con el “novedoso” Plan Puebla-Panamá del presidente mexicano Vicente Fox, que no busca sino extender la frontera del TLCAN hasta Centroamérica (lo que refleja el papel de agente de ventas norteamericano que ha venido jugando el gobierno mexicano, incluso el actual), todo lo cual pavimenta el camino del ALCA. El ALCA es, entonces, el marco global en el que Estados Unidos pretende armar el conjunto de las piezas del rompecabezas neoliberal que viene avanzando en la práctica en todo el continente.
El ALCA viene siendo diseñado y negociado bajo el modelo del TLCAN y que en uno u otro grado vienen siguiendo los distintos acuerdos económicos regionales y mundiales: a) Bajo la conducción de los intereses de las trasnacionales y las grandes potencias e ignorando las necesidades reales de desarrollo y complementariedad de las naciones b) Al margen de la consulta y la participación real de la sociedad, es decir, de manera completamente antidemocrática y c) Ignorando lo que hemos llamado la Dimensión Social, es decir, la inclusión de la protección o la satisfacción de las necesidades y reivindicaciones sociales bajo los efectos de la apertura y la integración.
Frente a ello, la Alianza Social Continental ha continuado fortaleciéndose y ampliando sus trabajos. De manera simultánea a la Tercera Cumbre de las Américas realizada en Quebec, Canadá, la ASC organizó la Segunda Cumbre de los Pueblos de América el pasado mes de abril. La Cumbre de los Pueblos siginificó un salto y alcanzó una enoreme representatividad social con la participación de miles de delegados de todos los países del continente. Las movilizaciones que se desarrollaron pusieron en jaque a la cumbre oficial.
Unos meses después de Quebec, y como resultado de la presión social ejercida, los gobiernos finalmente hicieron público el texto del ALCA que está siendo negociado. A pesar de estar muy “encorchetado”, de su carácter críptico, de sus tecnicismos, es posible ya confirmar que se trata de una versión aún peor que el TLCAN y el AMI.
Es por ello que la ASC, junto con nuevas fuerzas y actores sociales y políticos, se dispone a lanzar toda una nueva etapa de lucha y nuevas estrategias para derrotar la consecusión de este modelo de integración que sólo puede profundizar las injusticias y las desigualdades en el continente. Entre las nuevas estrategias destaca la idea que gana cada vez más consenso desde Quebec de realizar un pelibiscito o referendum continental para que sean los pueblos, excluidos hasta ahora, quiénes decidan si quieren ALCA o no.